THE VAMPS Y SU CORAZÓN SALVAJE

IMAGEN PORTADA: Noemí Solla

Pocos son los/las artistas que me han hecho perder de nuevo la virginidad. Podría sonar surrealista pero la metáfora funciona musicalmente porque el directo de THE VAMPS produce sentimientos y emociones dispares: desde la incertidumbre al nerviosismo, pasando por la pasión y la euforia; han dado en la tecla emocional de mi cerebro, que no es nada fácil.

IMAGEN: Noemí Solla

Viernes 25 de mayo de 2018: sala RAZZMATAZZ (Barcelona), mi primer concierto con ellos sorprendentemente puntual: a las 21h empezó el juego del primer contacto, un tonteo a favor de mi desventaja para no enamorarme más de lo dispuesto y premeditado después de seis años de relación. Una luz tenue azul juega con el pequeño humo que lentamente aparece mientras suena música, de origen ajeno, cuando esperas lo perceptible: ese preciso instante, el momento, justo el inicio dónde todo va a suceder y no sabes si estas realmente preparado para ello; para que empiece el comienzo.

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Tristan Evans ha aparecido sin necesidad de esconderse, algo tan natural que ni asombra, mientras te adentras en un primer sorbo de algo que quieres que dure toda la noche, sumergido en ese solo del batería que vibra por ti con poca necesidad de querer escuchar algo más que esas mágicas manos y baquetas hiperactivas que bombean el ritmo pop alternativo; el provoque de un arqueo de sentidos no es algo frecuente hoy en día y que James McVey te toque la guitarra, Connor Ball controle los bajos y Bradley Simpson se desnude llevando ropa con su voz tampoco.

Aquellos cuatro amigos adolescentes de hace siete años que empezaron ensayando en un garaje y subiendo versiones a YouTube crecieron inconscientes de las numerosas reproducciones de las mismas, esas que les harían teloneros de McFly en su última gira, recibir discos de oro por sus cuatro álbumes de estudio o colgar el SOLD OUT en el 02 Arena de Londres. Y de llenar estadios por todo Inglaterra en su última gira a regresar a España y dejar RAZZMATAZZ por la mitad… Su público es determinante y limitado; va más allá de chicas jóvenes con hormonas más o menos alteradas con ganas de gritar, a pesar que la mayoría lo encasille en eso cuando se trata de grupos así: dónde solo ven a chicos jóvenes con atractivo y vestimenta peculiar que dan juego y se olvidan de ceder oportunidad a escuchar lo que hacen como tantos muchos, música.

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El vocalista de 23 años te pisa los esquemas: tesitura inefable, alma de composición, experto autodidacta del piano, guitarra, ukelele y algo de batería… en múltiples canciones hace algo más que música: suda talento. Pero no es “Brad y su banda”; son un equipo, una familia: McVey, Evans y Ball aportan cuerpo, alma, forma y sentido, además de algún atrevimiento vocal añadido, creando esa mágica esencia inigualable de sus CD’s que se perciben igual o mejor en su vivo y tan cercano, humilde y sentido directo. Un grupo que realiza, por cuenta e interés propio desde 2012, un mínimo de dos conciertos anuales en España dentro de su gira europea, sin superar los 35€ por entrada, además de acudir a festivales o premios cuando cuentan con su participación se merecen algo más justo que percibir la pena de no parecer suficiente solo por la mala gestión de los organizadores… es
más rentable ver a artistas extranjeros que nacionales y en múltiples ocasiones eso es una vergüenza que cuesta mucho asumir con dignidad.

El guitarrista permanece bastante disperso y dentro de un mundo algo alejado en la parte izquierda del escenario, al menos esta noche. El bajista escocés se sigue moviendo en su espacio vital de la derecha del escenario mientras Evans permanece centrado en ambos sentidos tratando de no preocuparse por el culo inquieto de Simpson, un nervio puro cargado de hiperactividad y energía que llena todos los espacios con sus saltos e inquietudes que cercanamente empatizan con el público.

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Admirable la actitud y el trato: cercano, compasivo, empático y amable con los que les determinan; la humildad prevalece frente cualquier circunstancia. Energía es la palabra y la duda, ya que el maratón vivido allí dentro creaba incertidumbre de resistencia y aguante más por el público que por los de encima del escenario: unas fuerzas inexplicables que sacan de sus adentros (o de sus vasos de agua que quizá saben a tequila o lo que parecía un té de las cuatro tomado a la noche por el jet lag intermitente tenía olor a ron-cola).

Cambiando inesperadamente el estribillo de su ‘WAKE UP’ con un tierno spanglish mientras se trastean las gafas de Sol en ‘SHADES ON’, Simpson baja y se mezcla con el público cantando la reconocida y mítica cover de ‘CECILIA’ y bendice con una botella de medio litro de agua a los presentes con ‘ALL NIGHT’. Suenan sus clásicos hits, comparten cuatro versiones para recordar quiénes son y de dónde vienen y hacia dónde van (siguen subiendo versiones a YouTube pese tener su propio material) además de cantar un tema inédito del nuevo trabajo que se está acabando de cocer y que queda poco para que salga ardiendo del horno, junto obras estrenadas estos dos últimos años a través de colaboraciones con artistas como Matoma, Sabrina Carpenter o el DJ español Danny Avila… con quiénes han probado innovación en su sonido, algo más electrónico pero con
esencia THE VAMPS permanente, creando un SETLIST de hora y media de duración casi perfecto si no hubiese faltado en exceso baladas tan importantes y parte acústica tan personal que no se ha ofrecido en esta noche de viernes pese el repaso a una trayectoria de ilusión en un trabajo repleto de ilusión, esfuerzo e implicación que se nota con cada desgarrador intento de esfuerzo, sobretodo cuando están arriba para defenderlo.

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Quizá no llenen estadios en la mayoría de ciudades europeas pero está claro que desprenden y comparten esa vitalidad de su ‘WILD HEART’ que sigue dejando huella en el camino porque son cómplices de algo demasiado fuerte como para que lo que los unió los separe, como que lo que ofrecen a los demás no tengan oportunidad de seguir recogiéndolo. Independientemente de lo pequeño que pueda llegar a ser un espacio, este se convierte en grande por las personas que lo forman; el talento está a flor de cada instante dentro y fuera del escenario rodeado de gente inmensa en sus múltiples niveles. No hablamos de una boyband, lo que no tiene nada de malo, sino de una banda compuesta por cuatro grandes amigos y músicos llenos de arte que se complementan personal antes que profesionalmente como pocos saben hacerlo.

Y entonces eres consciente que ha terminado, que se ha acabado y que quieres más de este placer extraño; que la sensación agridulce que te queda después no sabes si es mejor que la incertidumbre y ganas del antes de entrar… es en ese momento cuando tratas de coger el metro de vuelta a casa, en un trayecto más habitual y rutinario dónde recopilas, cuestionas y asimilas que a veces dentro de lo normal hay cosas que por momentos te hacen dejar de serlo, unos instantes robados que parecen seguir sonando en bucle en sueños imperceptibles por el subconsciente. Entonces es cuando sabes que algo marca la diferencia, por lo menos en ti; algo es diferente y en consecuencia especial, aunque solo haya sido un concierto más de cientos de un grupo que quizá no lo son tantos.

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